Mi posición en torno al TLC, expresada por Jacques Sagot (es decir, en palabras más bonitas)
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Ser diferente es ser indecente. Ser diferente es ser contraproducente. Ser diferente es ser inconveniente. Ser diferente es ser inconsciente. Ya eso está decidido. Por decreto inapelable de dos de los grupos más homogeneizados y pasteurizados de nuestro país: los artistas –los reales como los que quisieran tenerse por tales–, y algunos académicos universitarios, custodios del fuego sagrado, sumos hierofantes del saber. Y sí, hay excepciones respetabilísimas, tanto en el mundo del arte como en el de la academia. El problema es precisamente ese: que sean solo excepciones.
Así pues, quien quiera ser admitido al clan, debe cumplir con tres requisitos fundamentales: el primero es ir contra el TLC, el segundo es ir contra el TLC, el tercero, curiosamente, es también ir contra el TLC.
Quinientos años de proclamarse defensores del libre pensamiento, de la pluralidad, de la individualidad, del respeto a la divergencia ideológica… y ahora, de pronto, berrean al unísono, cantan las mismas tonadas, enarbolan exactamente las mismas pancartas y, no contentos con eso castigan, descalifican y miran por encima del hombro a todo aquel que no comulgue con sus heroicas militancias. Quien no lo haga es un ignorante, un cavernícola, un reaccionario, un esbirro político, un vendepatrias o un vil apologista del poder. ¡Qué bárbaros, señores, qué respeto por la divergencia ideológica! ¿Qué tal instalar una pira en medio de la plaza de
“Stalinillos” y “maoíllos”. La ideología se convierte fácilmente en marbete, en carta de membrecía, en código tribal y deja entonces de ser un ejercicio del pensamiento. Ya no tenemos que pensar porque otros piensan por nosotros. Esos que dicen ser la voz de un pueblo, que suponen descerebrado e incapaz de tomar sus propias decisiones, terminan por convertirse en cultura “oficial”, totalitaria e institucionalizada si alguna vez la hubo. Militarotes del pensamiento. Personas que llevan por dentro un “stalinillo” o un “maoillo” siempre deseosos de manifestarse.
Pues quiero que sepan que yo discrepo radicalmente de ustedes. ¿Me dan permiso de hacerlo, o me van por ello a sacar la lengua cada vez que me vean por la calle? ¡Alerta roja, alerta roja, artistas y académicos de todo el país, saquen los extintores de incendios y preparen las brigadas de choque: se ha detectado la presencia de un rebelde entre nuestras filas!
Yo respeto sus puntos de vista pero también exijo –no pido– respeto por los míos. El primero de ellos es el siguiente: ahora más que nunca creo en la integridad, la tenacidad y la buena fe del presidente Arias. Me deja perplejo que los mismos que insistieran en la inviolabilidad de la constitución para deslegitimar su candidatura estén ahora dispuestos a pasar por encima de una decisión constitucional para impedir la aprobación del TLC. Incoherente y, sobre todo, acomodaticio.
De ninguna manera propongo una obsecuencia ciega a los proyectos del Presidente, pero mucho menos sumaría mi voz a aquellos que subvierten toda autoridad por el mero hecho de ser tal. Los hombres nacimos todos para matar simbólicamente a nuestro padre. El problema es que algunos se quedan ahí y eligen no crecer. La verdad es que la realización de la quimera social que proponen esterilizaría para siempre sus berrinches. Para muchos de ellos –no para todos– el objetivo no es combatir la injusticia social: es simplemente patalear. Mándenlos a vivir en
“La profe”. Hace poco sorprendí a un grupo de estudiantes llenando de grafitis las paredes de
¡La “profe”! ¿Y esa es la manera de desarrollar el espíritu crítico de los estudiantes? ¿Qué hubiera hecho yo de ser “el profe”? Pues les hubiera presentado, con la máxima objetividad posible, los dos lados de la cuestión, hubiera organizado entre ellos una serie de bien conducidos debates, y les hubiera recomendado una equilibrada bibliografía para que ellos puedieran extraer sus propias conclusiones y desarrollar la autonomía del pensamiento. Una cosa es enseñar, otra muy diferente, adoctrinar.
No ignoro que autoridades académicas calificadísimas han alertado a la ciudadanía sobre los potenciales riesgos del TLC. Para todos ellos mi respeto. Pero no menos cierto es que muchos otros estudiosos igualmente reconocidos y animados por la más prístina intención han defendido el TLC con argumentos sólidos y bien documen- tados.
Juicio crítico. ¿Qué pienso yo al respecto? Eso no tiene importancia. Tengo como todo el mundo mi opinión, pero esta no pasa de ser una doxa en el sentido platónico del término. Y ello porque carezco del instrumental teórico necesario para emitir un juicio al respecto. No sería, por tanto, responsable de mi parte pronunciarme solemnemente en torno a la cuestión.
Este artículo no es en realidad sobre el TLC. Es sobre el peligro de caer en un “no” irracional, edípico, irreversible, infantil, sordo y ciego. El “no” por el “no” mismo. Por enamoramiento narcisista de nuestras propias opiniones. El puro gozo de la vociferación. Más importante que el TLC es preservar la pluralidad del pensamiento y el respeto a la divergencia.
Quiero recordarles a nuestros docentes la reflexión de Montaigne: “enseñar no es llenar un vaso: es encender un fuego”. Encender un fuego no significa transferir al educando nuestras fobias, antipatías o temores. No es aterrorizar a la gente con apocalípticos vaticinios: “vamos a desaparecer como país”, “vamos a convertirnos en un apéndice de los gringos”, “vamos a vender la patria”, “vamos a quedarnos sin
Reflexionemos antes de entrar en pánico. La historia no deja dudas al respecto: es a través del miedo que la gente ha sido manipulada más eficazmente. Por otra parte, el presidente Arias nunca ha pretendido que el TLC sea un pasaporte hacia el Nirvana económico. Como en todo tratado, hay cosas en las que hay que ceder, y otras de las que podemos derivar grandes beneficios.
Estudiantes: piensen desde ustedes mismos, no desde otros. Ser diferente no es ser indecente: no dejen, mis queridos amigos, que nadie, nunca, los haga sentir tal cosa. Se lo dice alguien que es, que siempre ha sido, que nunca dejará de ser, un estudiante.












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