En algunos países, precisamente en las lejanas metrópolis doradas, la gente se suicida más en setiembre o para la Navidad. En setiembre, porque termina la fugaz felicidad del verano y el sol desaparece cinco días por semana bajo la luz artificial de los trenes subterráneos, y hay que hundirse de nuevo en la prisa, en la angustia, en el trajín oscuro del frío y de la infinita soledad urbana. En Navidad, porque implica el recuento de los afectos, la fiesta de la familia, la fecha en que constatamos si amamos a alguien y si somos amados. Y en los grandes países donde habitan familias disgregadas con lazos que la distancia borra como el polvo el viento, la bondad material no compensa el hueco negro de la soledad.
Digamos que aquí raramente es el caso. Sobran parientes, somos, en comparación, todavía propensos al embarazo y nadamos en familia. Sin embargo, que tengamos mucha no significa que la tengamos bien, que la amemos correctamente, que aquello que hagamos la haga feliz.
Hoy es veinticuatro. Para decepción de algunos, he de decir que no soy creyente y sé que el que celebre esta noche puede parecer contradictorio. No importa. Lo hago quizás porque pienso que el nacimiento de todo bebé entraña la posible salvación del mundo. Quizás porque pienso que la salvación del mundo comienza en casa, en el amor que se profesen quienes comparten lumbre y techo. O en el amor que se profesen los amigos, que son la familia elegida.
Señores, es Navidad. Si estamos solos, nos resta un año entero para tender a alguien los puentes invisibles del afecto y sentarlo el año próximo a nuestra mesa. Si tenemos un niño, un amor, un abuelo, el lujo indescriptible de poder tocar todavía a la puerta de la casa de la madre, cuidemos el tesoro. Lo único que nos llevamos de este mundo es el amor que damos.
Las luces de esta noche, las alcaparras, el vino, la masa de maíz con asiento de cerdo, los lazos de papel, el golpe verde del aroma del ciprés que nos abre de nuevo la compuerta del país de la infancia, tienen un único sentido.
No importa si somos pocos, si somos pobres, si nos agobia la adversidad. Si alguien piensa que nuestro hijo es bastardo, si nos echan por indigentes, si para parir nos dan el sitio de las bestias. Poco importa: lo que parimos es un dios.
Cuidemos el tesoro. Lo único que realmente poseemos, a fin de cuentas, lo único de lo cual somos verdaderamente dueños, lo único que nos llevamos de este mundo, es el amor que damos.
Señores, feliz Nochebuena. Mañana es Navidad.












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